Kamal Naser la define como la transformación de los datos contables de lo que realmente son, a lo que quien los prepara quiere que sean, aprovechando las reglas existentes y/o ignorando algunas o todas ellas.
No creo que sea totalmente errónea la definición pero, si existen varias opciones contables como decía antes, ¿quién es capaz de decir, en esta transformación de datos, los que “realmente son”? Ambas opciones sería “legalmente” aceptables y justificables.
Más realista en mi opinión, sería la definición de Jameson donde explicaba que la contabilidad creativa es esencialmente un proceso de uso de normas, donde la flexibilidad y las omisiones dentro de ellas, pueden hacer que los estados financieros parezcan algo diferentes a lo que estaba establecido por dichas normas. Consiste en darle vueltas a las normas para buscar una escapatoria.
Habla de uso de normas (es decir, es una contabilidad generalmente aceptada) donde, al ser imposible incluir toda la casuística contable, incorpora o bien una flexibilidad en el uso de alguna norma, es decir, podríamos elegir entre varias opciones para reflejar el mismo hecho contable, o bien no existe la norma como tal, creándose un vacío normativo.
Amat y Blake, definían la contabilidad creativa como el proceso mediante el cual los contables utilizan su conocimiento de las normas contables para manipular las cifras incluidas en las cuentas de una empresa.
En esta definición se incorpora la mala fe, la intención final de manipulación de los datos contables para maquillar los estados financieros.
Para mí, existe la contabilidad que sigue la normativa vigente y la contabilidad que, además de no hacerlo, lo hace de mala fe. Es decir, simplemente nos encontramos ante una contabilidad legal y una contabilidad ilegal. La contabilidad creativa no debería ser mala de por sí. El problema es que esta terminología está estrechamente ligada al fraude, al maquillaje de la información y a los escándalos contables.
Próximamente analizaremos algunos de estos escándalos contables como son los de Enron, Parmalat o Xerox entre otras que han hecho que se haya perdido la confianza en la información contable, en los directivos de las compañías, en los auditores y, en general, en todo el sistema “generalmente aceptado”.