Vayamos por un momento a los orígenes. Los accionistas, en el inicio de una empresa, aportan fondos cuyo valor esperan ver crecer con el tiempo. La generación de fondos, que no de tesorería, se muestra en la cuenta de resultados. Sobre dichos resultados, los accionistas deciden su destino: o se reparten vía dividendos o se mantienen en la empresa, aumentando en este último caso los fondos propios. Hasta aquí, todo normal.
Pero como la imaginación y creatividad contable es grande, en un momento determinado se pensó que los fondos propios podrían servir para algo más, por ejemplo, ajustar la cuenta de resultados. Un ejemplo real. Una compañía que sale a bolsa y como consecuencia incurre en unos gastos, no pequeños, que aparecen en su cuenta de resultados. Como es su primer año cotizando, no está dispuesta a disminuir su beneficio por este motivo. Para ello, decide anotar un ingreso con cargo a reservas. Consecuencias: el resultado se mantiene, los fondos propios disminuyen y aparece una salvedad en su informe de auditoría.
La explicación de la compañía es que esos gastos de salida a bolsa no corresponden en su totalidad al año, si no que (atención a la explicación) corresponden a todos los años de vida de la empresa, ya que su evolución es la que le ha permitido salir a bolsa. Por ese motivo, minoran las reservas (donde contablemente se reflejan resultados acumulados) y reconocen un ingreso que compense el gasto anotado. Sin comentarios.
El estado de cambios en el patrimonio neto nos muestra con claridad todos los movimientos que ha habido en las diferentes partidas de los fondos propios, conciliando el resultado del ejercicio con el saldo en los fondos propios. La operación descrita anteriormente, por ejemplo, quedaría reflejada y veríamos que de los ingresos del ejercicio, uno de ellos corresponde a la minoración de las reservas, no a la generación natural de ingresos.
Aparte de usos más o menos ortodoxos de los fondos propios para ajustar la cuenta de resultados, hay otros movimientos recientes en los fondos propios ligados a la valoración de activos por valor razonable. Hasta hace poco, la pérdida de valor reversible de un activo se reconocía en la cuenta de resultados como un gasto. En el caso de que hubiera una revalorización de un activo, no se reconocía la misma hasta que no se materializara por enajenación del mismo.
A día de hoy, la situación ha cambiado y en función de la clasificación que se le dé al activo, determinadas minusvalías o plusvalías latentes se reconocen en los fondos propios, sin pasar por la cuenta de resultados. El caso más claro y con el que nos encontramos en numerosas empresas cotizadas es el de los activos financieros clasificados como disponibles para la venta. En tal caso, los ajustes al alza o a la baja se reconocen, neto de impuestos, en una cuenta de patrimonio como “Reservas ajustes por revalorización”.
De nuevo, el estado de cambios en el patrimonio netos nos mostrará estos ajustes en los fondos propios que tampoco pasan por la cuenta de resultados, hasta que no se hayan materializado.
Aparte de estos movimientos, el estado de cambios en el patrimonio neto reflejará las ampliaciones (en efectivo, en especie, liberadas, parcialmente liberadas) y reducciones de capital (devolución de fondos, compra de autocartera), y el pago de dividendos, haciéndonos una fotografía completa de lo ocurrido en esta singular masa patrimonial.
Como vemos, los fondos propios tienen muchos motivos para aumentar o disminuir. Ahora, al menos, podemos comprender de manera más clara sus movimientos y la conexión con la cuenta de resultados.
En nuestro viaje, nos queda completar la visita a un estado apasionante: el estado de cash flow. Con ello completaremos el viaje al centro de los estados financieros.
Continuará